














El
día en que hizo Yahveh Dios
la
tierra y los cielos,
no
había aún en la tierra
arbusto alguno del campo,
y
ninguna hierba del campo
había germinado todavía,
pues Yahveh Dios
no
había hecho llover sobre la tierra,
ni
había hombre que labrara el suelo.
Pero un manantial brotaba de la tierra,
y
regaba toda la superficie del suelo.
Entonces Yahveh Dios formó al hombre
con
polvo del suelo,
e
insufló en sus narices aliento de vida,
y
resultó el hombre un ser viviente.
(Gén2,5-7)
El
día que hizo Dios el cielo y la tierra,
son
palabras que están haciendo referencia a lo que dice
el comienzo del relato de la creación: “En el principio creó
Dios el cielo y la tierra” (Gén.1,1). Fue antes de que
empezaran los seis días de la creación, cuando Dios nos
concedió levantarnos del estado de pecado, para que por
medio de este estado de humanidad seamos
tierra que pudiera luego ser regada por su gracia, por
su Palabra. Por esto aquí se dice:
No había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y
ninguna hierba había germinado todavía.
Siguiendo
este relato de la creación, Dios iba a crear la vegetación
el cuarto día, cuando preparaba nuestro medio de adaptación
y crecimiento, para enseñarnos que se da un proceso en
nuestro caminar. Aquí se nos dice que estaba latente una
Vida nueva para nosotros.
Pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra.
Sin embargo
teníamos concedida esta vida que es la capacidad de ser
tierra para ser regada y que germine en nosotros la Vida que da
frutos; pero aún en el principio no había llegado el hombre
terrenal, que sería colocado por Dios aquí en
el día sexto,
después de toda la creación preparada para él. Por eso
continúa diciendo que:
Ni
había hombre que labrara el suelo.
Sería
después de darnos esta vida como seres humanos, cuando
habríamos de empezar a trabajar, ayudados por su
gracia para desprendernos de todo lo que habíamos traído,
porque aún no había germinado en nosotros la Vida. Así que
se dice:
Pero un manantial brotaba de la tierra y regaba toda la
superficie del suelo.
Desde el
principio, aunque estábamos en las tinieblas por el pecado,
Dios estaba con su Espíritu sobre nosotros, y nos dio la
gracia de ser regados, de aceptar y tener dentro de nosotros
mismos el agua que nos purifica, el agua que Cristo nos da
para resucitar en Él. Ése es el
manantial
que
brotaba de la
tierra.
Hace diferencia
este relato entre
tierra y
suelo. Tierra se refiere a nosotros, a
nuestra vida aquí. Y
suelo,
el tope inferior en nuestro descenso desde el “jardín de
Edén” sobre lo que hoy estamos, lo humano, sobre toda la
contaminación con la maldad, con las tinieblas; pero no
están sobre nosotros sino nosotros por encima del
suelo sobre
el que nos encontramos ahora.
Porque “el
suelo lo hicimos maldito por nuestra causa”, pero la
tierra que
somos, recibe la bendición:
un manantial
brotaba de la tierra. La bendición de tener el manantial que brota desde nuestro interior cuando
somos en Cristo. La Palabra dice: “De su interior brotarán
ríos de agua viva” (Jn.7,38). Si nos llenamos de Cristo,
bebemos del agua que Él nos da.
Y cuando cada
uno de nosotros se deja regar por esta bendición para ser
limpio, entonces
el suelo, que comprende
las dificultades que conllevan luchas, también es una
bendición para nosotros (Dt.7,12) porque la lucha nos
fortalece, y cada victoria sobre lo maldito nos anima a
seguir adelante, a buscar más de Dios. Por esto se dice, que
este manantial
que brota desde nosotros, desde la
tierra que somos,
regaba toda la superficie del suelo.
Así lo concibió
Dios desde el principio en que su Espíritu aleteaba sobre
nosotros, sobre
la tierra que era “caos, confusión y
oscuridad” (Gén.1,2).
Y después de todas estas capacidades que concibió
Dios para nosotros, llegó el momento
en que se hace realidad nuestra condición humana.
Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del
suelo, e insufló en sus narices aliento de Vida, y resultó
el hombre un ser viviente.
El polvo
no se
refiere a que Dios creara nuestros cuerpos del polvo de aquí
sino que polvo es nuestra condición de seres despojados de todos
los bienes; no teníamos nada, ningún valor.
El polvo
no sirve, se
desecha, no permanece,
deteriora y pudre.
Y si Dios por su gran Amor no se hubiese compadecido de
nosotros, no seríamos nada. Pero esa nada en que nos
habíamos convertido Dios la toma y le infunde su
aliento de
Vida.
Y por el
aliento
de Vida en nosotros, que son nuestras almas,
el espíritu del hombre va a poder comprender su
situación,
entender cuanto Dios le dice para ir guiándolo, y por su
libre voluntad
ser salvado, ya que Dios le sigue dando la libertad. Además,
por sus propias experiencias puede aprender en el camino,
porque por ellas cada uno puede recordar, que cuando vive en
Dios es libre, y en el pecado es esclavo. Esto si ha tenido
un encuentro con Dios.
Cuando el
hombre busca la Verdad, la Luz, y se hace pobre, el alma es
libre y todo es nuevo, todo en él
se hace lleno de Dios.
Porque
el alma nos fue dada para llevar al espíritu a la Vida y ser
luego uno en Dios. El hombre es semejante a Dios si vive en
el Amor y en la Verdad, porque en ello está la Vida.
Nos puede
servir para comprender mejor este segundo relato del hombre
terrenal, la visión que tuvo el profeta Ezequiel sobre el
valle de los huesos secos, donde todo era muerte, y la
Palabra de Dios infunde en ellos la Vida. Y se levantaron y
era un gran ejército (Ezq.37).
Igual en este
relato del Génesis, a nuestros espíritus que habían perdido
la Vida, Dios
insufló en sus narices aliento de Vida que son
nuestras almas, y luego nos recubre del “vestido de sayal”
que son nuestros cuerpos (Gén.3,21). Donde parecía que iba a
reinar la Muerte, el aliento de Dios infundió Vida.
Es evidente que
la palabra
hombre sigue teniendo el significado de
humanidad. Porque si la consideráramos como
sinónimo de varón, resultaría que el varón tendría
alma y la
mujer, (que fue creada después y
que
según la
descripción literal de este relato salió “de la costilla del
hombre”) no tendría alma. No se dice expresamente en este
relato que Dios insuflara
aliento de Vida
en la mujer.
(Según
parece eso es lo que creía el hombre de los primeros
tiempos). La verdad es que Dios dio su
aliento de
Vida, infundió un alma,
a toda la humanidad,
al hombre,
al ser humano, tanto a los varones como a las
hembras.
El significado
espiritual más amplio de la palabra
mujer
lo veremos en los siguientes versículos.


Dijo luego Yahveh Dios:
“No
es bueno que el hombre esté solo.
Voy
a hacerle una ayuda adecuada”.
Y
Yahveh Dios formó del suelo
todos los animales del campo
y
todas las aves del cielo
y
los llevó ante el hombre
para ver cómo los llamaba
y
para que cada ser viviente
tuviese el nombre que el hombre le diera.
El
hombre puso nombre a todos los ganados,
a
las aves del cielo
y a
todos los animales del campo,
más
para él no encontró una ayuda adecuada.
(Gén.2,18-20)
A
este hombre terrenal, Dios le había dado el alma y lo había
vestido con el cuerpo, como “túnicas de piel”.
Dijo luego Yahveh Dios: “No es bueno que el hombre esté
solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”.
Mas Dios tenía
preparado para el hombre algo más. Y siguió dotando al
hombre que había creado de cuanto le era necesario para
cerciorarse de su situación, ver, y así luego, usando todos
estos elementos de la creación, poder relacionarse con su
creador.
Y así
se inicia para el hombre
una ayuda
adecuada. Primero,
haciendo pasar ante sus ojos a todos los animales que
había creado a los cuales habría de ponerles nombre. Lo que
significa que Dios da al hombre la capacidad de diferenciar
y discernir.
Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del
campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre
para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente
tuviese el nombre que el hombre le diera.
De nuevo se
confirma en estos versículos lo que se ha ido viendo en el
relato de los seis días de la creación. Cada uno de los
seres creados sirve de signo a través de los cuales el
hombre puede “leer”, y servirle de base de un lenguaje por
el que también su creador le habla. Es como un pacto de
entendimiento entre Dios y el hombre. Así se ve a través de
toda la Biblia, cómo son usados todos los elementos de la
creación.
Aún para
completar este entendimiento con su creador, le faltaba el
poder hablar. Entonces Dios le da al hombre la capacidad de
hablar. Y comienza así:
El hombre puso
nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos
los animales del campo.
Desde su limitación
el hombre
observa las características propias de cada animal,
le da nombre adecuado, y con ello comienza el
diálogo con Dios, una comunicación con su creador,
que le había puesto delante todos los signos y le capacita
para nombrarlos.
El hombre ve
que todo es armonía y belleza en todo cuanto Dios ha creado; ve las peculiaridades, comportamiento y diferencia entre las
distintas especies.
Pero no ve qué hace él en medio de todos aquellos
seres; no se siente igual que ellos, siente que necesita
más, no se siente completo estando limitado a una naturaleza
animal. Por eso dice este versículo:
Mas para él no encontró una ayuda adecuada.
El espíritu del
hombre tiende a la unidad con su creador. Dios había
vivificado el espíritu del hombre que venía envuelto en las
tinieblas, cuando sopló sobre él infundiéndole “un aliento
de Vida”, un alma. Y Dios ve su anhelo, su necesidad. El
hombre no se encontraba a la altura de aquéllos
seres
vivientes. El hombre no se conforma con una vida
carnal, su espíritu demanda algo más; Dios le atrae
poderosamente, su alma anhela más de Dios (Ef.4,24). No
había sido creado para una vida a nivel natural, animal.
Pero en aras a la libertad que Dios le concedió era
necesario que el hombre decidiera
buscar a Dios.
Y Dios le
responde al hombre, a la humanidad, dándole
la ayuda
adecuada, el complemento, para que se eleve de
su condición humana, a la de ser un ser espiritual, para así
reencontrarse con su Creador.
Esa
ayuda adecuada
es la Iglesia (la
Mujer simboliza a la iglesia). Y el hombre es
iglesia cuando cada uno está en comunión con Cristo, que lo
lleva al encuentro con el Padre.
Es
en esta situación en la que nos encontramos ahora, en la que
cada uno de nosotros hemos de decidir buscar a Dios. Él está
siempre anhelando que vivamos en Él, que seamos hoy morada
suya, templo suyo, que cada uno sea iglesia. Es de lo que
nos hablan los siguientes versículos.


Entonces Yahveh Dios hizo caer
un
profundo sueño sobre el hombre,
el
cual se durmió.
Y
tomó una de sus costillas,
rellenando el vacío con carne.
De
la costilla que Yahveh Dios
había tomado del hombre
formó una mujer y la llevó ante el hombre
Entonces éste exclamó:
“Esta vez sí que es hueso de mis huesos
y
carne de mi carne.
Ésta será llamada mujer,
porque del varón ha sido tomada”.
(Gén.2,21-25)
En el orden espiritual y considerando a
la Mujer como Iglesia, este
profundo sueño es la
experiencia mística, cuando el hombre se entrega totalmente
a Dios, descansa en Él, y cambia radicalmente, para amanecer
a una vida nueva, por encima de su condición puramente
natural, y vivir una vida espiritual (2Cor.17). Esto
significa el
sueño profundo: el descanso en Dios.
Y así se da un
encuentro con la Presencia de Dios, no desde la carne, sino
desde el Espíritu que da Vida, cuando el hombre cae en
un profundo
sueño.
Ahora vemos en
el siguiente versículo, que libre de la limitación de su
mente, abandonado al quehacer de Dios en él, recibe el
cambio, para ser
“hombre nuevo”:
Y le quitó una de sus costillas rellenando el vacío con
carne.
El hombre que
venía vacío,
despojado, porque había perdido
todos los bienes, ahora recibe su naturaleza humana,
que es carne.
Y en este
caminar, cuando el hombre descansa en Dios y le entrega lo
que tiene (simbolizado en la
costilla) ya no hay
vacío,
porque Dios cubre con creces todo
vacío;
lo conforta, consuela, le da la fuerza, la fortaleza,
lo cubre de
carne, es decir, lo suple con todo lo que desde
su estado terrenal, desde su limitación, precisa aquí para
vivir en plenitud desde su condición natural. Siempre Dios
provee por su Santo Espíritu, que viene siempre en nuestra
ayuda (2Cor.1, 4).
Para estar en unidad con Dios el
hombre ha de despojarse de sí mismo, de lo superfluo de su
propia condición, de lo que no le es necesario
en su camino
espiritual.
De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre
formó una mujer y la llevó ante el hombre.
Es
aquí, en este momento, en la entrega total del hombre (de
cada uno),
cuando la promesa anunciada desde el primer instante de la
caída de esta humanidad, la promesa que se hizo antes de la
creación del mundo (Gén.1,3), llega a realizarse en
el
hombre: cuando el Primogénito de toda la creación se
hace real en nosotros (Col.1,15), y así nace la comunión con
Dios, nace la Mujer, nace la Iglesia.
Eso significan
estas palabras: Dios
formó una mujer
y la llevó ante el hombre.
La
mujer (con minúscula)
se refiere a la
mujer que inició el pecado en la humanidad, como
ya hemos visto. Y
la Mujer (con mayúscula) en sentido
espiritual que es de lo que está tratando este libro, se
refiere a la Iglesia. La finalidad de cuanto Dios hasta
ahora había hecho para levantar al hombre caído, es que el
hombre reciba a Cristo. Pero faltaba algo más, y era la
comunión del hombre con Dios. Cuando el hombre está en
comunión con Dios, es iglesia. Si el hombre recibe a Cristo,
ya no es hombre caído, es iglesia, templo de Cristo,
vive en Cristo.
Y
el hombre, en este relato, descubre que ser iglesia,
estar en comunión con Dios, es su verdadera realidad, su
verdadera identidad, su anhelo colmado. Y dice estas
palabras de júbilo:
“Ésta
vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.
Es hueso de mis huesos,
pues conforme el cuerpo se sostiene por
los huesos como soporte principal, así el espíritu del
hombre es sostenido al ser iglesia.
Al pasar de ser
hombre caído en el pecado, a ser iglesia, al sentirse en
unidad en la Verdad, en Cristo, ve que en él está el poder,
la fortaleza, que ahora puede avanzar hacia el Padre.
Y siente
también que ella es
carne de su carne, que le ha sido dada su
condición humana para ser en ella y ella en él. Él para ser
iglesia y la iglesia para ser en él. Siente que es
comprendido, aceptado en su condición de hombre pecador que
entregado a Dios recibe la gracia de ser hombre nuevo
(Jn.3,3-7), de ser nueva criatura en Cristo (2Cor.5,17).
“Esta será llamada Mujer porque del varón
ha sido tomada”.
La Iglesia,
la Mujer,
nace de Cristo al que se llama Varón de dolores (Is.53,3);
nace del Amor y la compasión de Dios que entregó a su Hijo
para rescatarnos del pecado, y nace de la necesidad del
hombre para ser salvado, ya que si la humanidad no hubiese
pecado no habría sido necesaria la redención ni que
tuviéramos que ser iglesia, sino que estaríamos ya en la
gloria del Padre, a la que ascendieron los seres que
siguieron el camino del primer río que salía desde el Jardín
de Edén (Gén.2,11-12) hacia una gloria mayor porque
eligieron vivir en Dios y no escucharon la voz del demonio.
A todos
nosotros, que desde
el jardín de Edén, tomamos los otros caminos
que nos alejaron de Dios, se nos da la gracia de
unirnos en Cristo y así, siendo iglesia, seguir el Camino
que Dios preparó para rescatarnos.
Y
para ser iglesia, el hombre habrá dejado atrás todo lo
anterior, todos sus pecados, y comienza una Vida nueva,
porque el que se une al Señor un espíritu es con Él
(1Cor.6,16-17).

Por eso deja el hombre
a
su padre y a su madre
y
se une a su mujer,
y
se hacen una sola carne.
Estaban ambos desnudos,
el hombre y su mujer,
pero no se avergonzaban
el uno del otro.
(Gén. 2,21-25)
Si observamos este
versículo, vemos que no se dice en él que
la mujer
tenga que
abandonar a su padre y
a su madre, sino que dice:
Por
eso el hombre deja a su padre y a su madre.
Queda confirmada
así una vez más que
hombre significa humanidad, y no varón. Sin embargo,
todos, tanto los hombres como las mujeres, en el orden
natural hemos de abandonar a nuestros padres. Se nos está
diciendo con estos versículos que no somos dos clases de
seres diferentes sino que en nuestra realidad natural, los
dos somos una sola
carne, que somos lo mismo uno que el otro: somos todos
seres espirituales caídos en el pecado que hemos venido a
ser humanidad por la misericordia de Dios.
Pero hablando en
el orden espiritual, que es la misión de esta revelación, se
nos advierte también que
hemos de abandonar
al padre y a la madre.
Pero ¿quiénes son
el padre y la madre
que hemos de abandonar? Es que en nuestra realidad
espiritual, cuando cada uno es una nueva criatura en Cristo,
cuando el hombre se hace iglesia,
habrá abandonado al que lo hizo en el pecado;
abandona al padre
de todo pecado, al
padre del engaño, de la mentira (Jn.8,44). Y abandona a
“la madre de los vivientes”, a Eva, la mujer, que es su situación de pecado. Abandona el estado de
pecado que concibió, que engendró (Gén.3,20).
Ésos son
el padre y la madre
que aquí se nombran y que hay que abandonar si queremos,
unidos a Cristo, ser iglesia y así estar en el camino de
salvación, porque cada uno de nosotros está llamado a
abandonar todo su pasado de pecado para unirse a Cristo, ser
iglesia, que ya hemos visto que es
la Mujer. Y la
identificación es mutua entre
el hombre
y
la Mujer:
Se une a su mujer, y se hacen una sola
carne.
En el orden
espiritual, el hombre
se une a la
Mujer al ser
iglesia. Y la Iglesia,
la Mujer, se
une
al hombre cuando el
hombre
vive en Cristo. Es una identificación mutua:
Estaban ambos desnudos, el hombre y su
Mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.
El hombre nuevo
puede verse en su condición anterior como pecador y ya
no se avergüenza; de nada
se
avergüenza (que es lo que el enemigo intenta para que no
nos encontremos con Cristo) sino que siente el
arrepentimiento, el perdón y la alegría de ser libre. Ha
visto la Verdad y que lo que por sí mismo no puede, Cristo
lo puede en él (Flp.4,13). Es un hombre nuevo (Ef.4,22-24)
se ha desprendido de
lo humano, de las obras de la carne y es un hombre
espiritual. Por esto ya
no se avergüenzan el uno del otro: El hombre viejo (el hombre
pecador) y el hombre nuevo (el hombre resucitado en Cristo).
Así es como el hombre es iglesia.
En el primer
pecado en el Edén, el hombre se esconde de la Presencia de
Dios, tuvo miedo y se cubrió, porque se sentía vacío,
desnudo.
Era una
actitud de sentirse avergonzado ante Dios, porque intentó
cubrirse “con hojas de higuera”. El hombre envuelto en el
pecado no quiere ver a Dios.
Muchos hoy no
quieren saber de Dios, no buscan a Dios, no quieren que se
les hable de Dios; aunque la Luz del mundo vino para todos,
los hombres no han querido verla para que no queden al
descubierto sus propios pecados: “Vino a la Luz al mundo
pero los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, porque
sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal aborrece a
Luz y no va a la Luz para que sus obras no sean censuradas”
(Jn.3,19-20). Pero cuando el hombre se convierte de hombre
carnal para ser iglesia,
cuando busca la Verdad, va a la Luz “para que quede
manifiesto que sus obras están hechas según Dios”, dice
Jesús (Jn.3,21).
Vemos que estos
últimos versículos se refieren a la iglesia que es cada uno
y también la Iglesia como pueblo de Dios, formado por cada
uno que vive en Dios, como comunidad de los que viven en
comunión con Cristo.
Jesús en los
últimos momentos en la cruz señala a María como
la Mujer,
como
imagen o símbolo de la Iglesia, conforme se ha visto también
en el capítulo XII del Apocalipsis. Y le dice a María: “Mujer
ahí tienes a tu hijo”. Y al discípulo Juan, que
representa a los hijos de Dios, le dice: “Hijo ahí tienes a
tu Madre” (Jn.19,26-27). Con estas palabras nos presenta
Jesús a la
Iglesia, la Mujer, que
como Madre, nos cobija a todos los que busquemos la Luz,
la Verdad, a Cristo.
Es el abrazo de la
parábola del hijo pródigo que citábamos al principio
(Pág.23). Entonces hacía
referencia a la decisión que tomamos de apartarnos de Dios
dejando todos los bienes que nos había dado. Ahora se
refiere al final de esta historia, cuando el padre recibe al
hijo que lo había
abandonado y malgastado todos los bienes que le había dado.
No reparó en recibirlo aún estando maloliente del camino
(Lc.15,11-32).
Así Cristo recibe
a todo el que se le acerca, lo hace iglesia, para llevarlo
de su mano ante el Padre, ahora que aún estamos en este “año
de gracia” pues en la gloria eterna no puede entrar nada
impuro (Mt.25,31-46).
Con ello Dios nos
llama a ser resucitados siendo en Cristo, siendo iglesia. Y
es Dios Padre creador, que ama a todas las criaturas, que
nos quiere levantar hacia Él, para lo que nos ha concedido
la redención por medio de su Hijo Jesucristo. Y por el poder
de su Santo Espíritu, la revelación para que salgamos del
estado de desobediencia, la revelación que nos hace llegar
cuanto necesitamos para ser y permanecer en Él hasta el
momento final. Todo por su gracia.
Mientras, nos
llama a cada uno a descansar en Él. Es el significado del
día séptimo, que veremos en el siguiente tema.